La paradoja del docente: entre la evaluación estandarizada y el laberinto burocrático
Medimos la calidad educativa con la métrica
del rendimiento en pruebas estandarizadas, pero asfixiamos el día a día en el
aula con un sinfín de exigencias administrativas y formalismos pedagógicos que
poco aportan al verdadero aprendizaje.
Existe una
tensión contradictoria en el corazón de nuestro sistema de la educación básica:
por un lado, la eficacia del trabajo escolar se juzga mediáticamente a través
de los resultados en pruebas estandarizadas como la Evaluación Nacional de
Logros de Aprendizaje (ENLA); por el otro, se abruma al profesorado con un
laberinto de términos, documentos y activismo institucional que distrae de ese
mismo objetivo.
Si el
referente central para medir el desempeño docente son los puntajes obtenidos
por los estudiantes en los exámenes estandarizados nacionales o internacionales,
la consecuencia lógica dictaría que la labor en el aula debería orientarse a
preparar a los estudiantes para responder satisfactoriamente dichos exámenes.
La experiencia cotidiana respalda este principio pragmático: cuando un
postulante aspira a ingresar a la universidad, se prepara específicamente en la
estructura y heurísticas de esa prueba; del mismo modo, los docentes que
postulan a la Carrera Pública Magisterial recurren a capacitaciones enfocadas
en la matriz del examen de nombramiento. En ambos escenarios, las instituciones
preparadoras aplican estrategias de alta eficiencia porque conocen de antemano
el instrumento de evaluación.
Sin
embargo, en la educación básica exigimos un resultado «A» (altos puntajes en
competencias evaluadas), pero exigimos al profesor a trabajar cotidianamente
para un objetivo «B» disperso y fragmentado. Esta incoherencia se evidencia en
una sobrecarga de normas y terminologías cambiantes que saturan la práctica
pedagógica:
- El dogma
de la planificación rígida:
Prevalece una cultura de planificación adherida acríticamente a esquemas
normativos. La fijación cotidiana por encajar la «experiencia de
aprendizaje» o la «situación significativa» en esquemas inflexibles
—debatiendo entre «reto», «desafío» o «pregunta integradora», o acomodando
evidencias y criterios al término de moda— termina sacrificando lo
verdaderamente importante: el desarrollo del razonamiento y el pensamiento
crítico en el aula.
- La gestión de lo accesorio: La obligación paralela de presentar planes y/o proyectos de
actividades extracurriculares, campañas de sensibilización, pasacalles e
hitos institucionales que consumen el tiempo destinado a la mediación
didáctica.
- Las exigencias de la territorialidad: En zonas rurales y alejadas, la labor docente se diversifica
drásticamente: además de la enseñanza, el profesor debe convertirse en
gestor de recursos para financiar gastos que demandan el cumplimiento de concursos
escolares promovidos por las instancias educativas descentralizadas, como
por ejemplo ferias escolares, olimpiadas, desfiles entre otros.